miércoles 1 de junio de 2011
UN REGALO.
Llega el momento en que las cosas de la nevera nunca están lo suficientemente frías. El verano está a la vuelta de la esquina, al fin. Ayer quise regalarme unos largos minutos de playa. Sentado en la arena, inmóvil durante unos minutos, me dediqué a respirar ese aire cargado de salitre, a sentir la suave caricia de la brisa marina, a percibir los olores del ya cálido Mediterráneo, a hundir los dedos de los pies en la arena -como para asegurarme a través del tacto que aquello que estaba viviendo era real- y me preguntaba cuántas personas más estarían disfrutando al mismo tiempo que yo de aquella delicia para los sentidos. En la playa éramos cuatro gatos y en nuestros rostros se podía adivinar esa sonrisa escondida que se esboza de ojos para adentro. Atrás ha quedado el insoportable el invierno, que cada vez se asemeja más a un castigo. Vuelvo a respirar.
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