Ser un lagarto no debe estar tan mal. En invierno te buscas un refugio bajo tierra en el que puedas hibernar plácidamente durante los meses de nieves y escarcha y luego, cuando tu reloj biológico decida que es hora de despertar del letargo te estiras, te desentumeces y una vez has vuelto a tomar conciencia de tu cuerpo sales del escondite y te repantingas en la superficie para recibir los primeros y tibios rayos de sol de la primavera.
Los humanos hacemos algo parecido. Cuando llega la primavera enseguida nos echamos a la calle dispuestos a sentarnos en una terraza un mediodía soleado a tomar el vermut. Mientras el solo calienta nuestra piel y el alcohol nuestro estómago nos sentimos únicos en el Universo, una agradable sensación de euforia recorre nuestra espalda desde abajo hacia arriba y se libera en forma de escalofrío. El tiempo se podría detener en ese instante en el que nada más importa. El invierno ha quedado atrás. Volvemos a estar vivos.
O también podemos irnos para una isla del caribeeeeeeeeeeee y estar repanchingaos todo el año...
ResponderSuprimirBesos!!
Marta.
Efectivamente. Escribí hace un tiempo que esta primavera promete un verano. Gracias por tu visita ;)
ResponderSuprimirEso sería fantástico Marta!...
ResponderSuprimirAlba, un placer.