domingo 1 de mayo de 2011

SALA DE ESPERA.

El otro día esperaba pacientemente en la salita de la consulta del médico de cabecera. Es un momento incómodo que a veces se hace eterno. Miras a tu alrededor y lees toda la información que hay en los tablones, los dibujos de la pirámide alimenticia y otro muy curioso sobre los pasos que se deben seguir para tener una vida más saludable manteniéndonos activos, un cursillo para fortalecer el suelo pélvico. En fin. Miras y remiras, observas con detenimiento el suelo, las manchas de las paredes, escuchas los sonidos que se cuelan por debajo de la puerta –voces, motores, ladridos- y sigues esperando. Intercambias miradas con las demás personas que esperan como tú y te preguntas qué estarán pensando. Consultas la hora en el reloj de la pared y compruebas que el tiempo avanza lentamente. Respiras hondo.

Todos estábamos en silencio hasta que entró una señora acompañada de una chica que por el parecido físico debía ser su hija. Se sentaron a mi lado e inmediatamente comenzaron a hablar de fútbol. La noche anterior habían jugado el Barça y el Real Madrid –o el Real Madrid y el Barça, para mí es igual-, que si un duelo de titanes, una batalla épica, un partido de alta tensión. Las dos mujeres poco hablaban de fútbol, en el fondo lo que importaba era que los unos eran muy humildes y los otros unos fantasmas, que los unos eran cabales y los otros unos energúmenos poco menos que animales. Pero hubo un comentario que me llamó especialmente la atención, la chica le decía a su madre que el lugar donde por tradición se celebran las victorias de los unos estaba lleno de moros, paquistaníes y sudacas. Esto no tendría nada de extraño –ya sabemos que las pasiones no conocen fronteras- de no ser por el tono despectivo de la frase. Al principio pensé que yo la había malinterpretado, pero enseguida la volvió a repetir haciendo esta vez mayor énfasis en “moros, paquistaníes y sudacas”. Quise levantarme y salir de esa sala claustrofóbica, luego pensé que sería mejor decirle a la chica que yo era sudaca y a continuación ver cómo reaccionaba, pero finalmente desistí por no encontrarme en el lugar más adecuado para ofrecer un espectáculo. Y eso es lo que casi siempre hago, callarme.

El silencio nos hace invisibles.

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