sábado 31 de diciembre de 2011

A mi me traía los regalos el Niño Jesús. Eso creía, al igual que todos los niños que me rodeaban. Sin embargo, llega el momento de los rumores, de las sospechas y uno empieza a preguntarse seriamente cómo es posible que el dichoso personaje se las arregle para repartir en una sola noche todos los regalos de todos los niños del mundo; a mi personalmente me parecía una labor imposible e irrealizable aunque se contara con la ayuda, por ejemplo, de todos los ángeles, arcángeles y demás seres celestiales. Que ni de coña, vamos. Entonces aflora la verdad, decepcionante e incluso frustrante y traumática para algunos niños. Que yo recuerde, enterarme que los que ponían los regalos debajo del árbol de navidad eran mis padres no supuso trauma alguno; me lo tomé con una filosofía práctica: mientras siguiera teniendo regalos era igual quién los dejara en el árbol. Con el tiempo, como es lógico, los regalos fueron disminuyendo hasta casi desaparecer y yo fui cambiando la ilusión por un estado de continuo cabreo con el mundo, de pesimismo, de apatía. Así era mi adolescencia. Tan pronto dejé de ser un niño - ¿se deja de serlo en algún momento? – el espíritu de la navidad dejó de visitarme y las navidades se convirtieron en una época del año molesta, estúpida, innecesaria, un verdadero engorro. Las calles se llenaban de gente, el tráfico se hacía insoportable en una ciudad en la que ya de por sí circular con fluidez es una utopía, todos acudían a los mismos lugares a la misma hora a hacer las mismas compras; por todas partes se escuchaban aguinaldos y gaitas, era como vivir en una fiesta perpetua. Los venezolanos tienen la costumbre de celebrarlo todo, cualquier excusa es buena para hacer una fiesta, beber y pasárselo bien, así que en diciembre se vivía en una permanente guachafita. A pesar de toda la alegría y el aire de fiesta que se respiraba en el ambiente a mi me atacaba la melancolía. Siempre tenía la sensación de que me faltaban muchas cosas para ser feliz. Eran días en los que necesitaba más que nunca estar solo, huir del mundo alocado que me rodeaba, esconderme bajo tierra y no salir hasta que pasaran las navidades.
Siempre afloran los recuerdos de aquellos días al otro lado del océano cuando vivía en aquella ciudad caótica e insegura; buenos y malos recuerdos de un tiempo en continuo movimiento, de cambios constantes; una vida a 100 Km/h en la que si girabas la cabeza para ver algo ya había pasado. Hay un recuerdo que siempre vuelve por navidad. Buba y yo tomándonos una cerveza en una calle entre su casa y la mía, un 31 de diciembre, brindando por el nuevo año, deseándonos lo mejor el uno al otro y despidiéndonos con un fuerte abrazo. Cuando se acabó la cerveza y después de unos cuantos cigarrillos, tomamos caminos opuestos, cada uno a su casa y a la cena de fin de año. La esencia de la verdadera amistad estaba en aquella cerveza, había todo un tratado filosófico contenido en esa lata; el tiempo se había ralentizado, el mundo giraba más despacio y el fugaz atardecer de la vibrante ciudad no parecía llegar a su fin. Buba ya no está, hace años que se fue con el corazón roto en pedazos; pero este fin de año, como todos, después de la explosión de la botella de cava y mientras medio mundo se atraganta con las uvas yo viajaré durante unos segundos a aquel lejano momento en una calle de Caracas.

Un abrazo para todos.

Feliz 2012.

viernes 11 de noviembre de 2011

¿DÓNDE?.

 A pesar de que la situación económica de Venezuela siempre era complicada y de que las crisis se sucedían una tras otra, nunca me faltó el trabajo, mejor o peor, cobrando sueldos por lo general bajos y que evidentemente no me permitían independizarme ni hacer planes de futuro. No conocí lo que era estar parado hasta que llegué a España. Entonces experimenté en mis propias carnes lo que era estar los lunes al sol -y los martes y los miércoles y todos los días- durante largos periodos de tiempo. Estar parado puede llegar a ser insoportable, no solo por la evidente falta  de dinero para cubrir las necesidades básicas, sino también porque estar en el paro nos hace plantearnos un montón de cosas que cuando tenemos trabajo ni siquiera somos capaces de imaginar. Uno comienza a sentirse inseguro, prescindible, la autoestima desaparece y el mundo se reduce a la cartilla del paro. La actual situación económica de este país y del resto de la Unión Europea no es nada alentadora, probablemente nos esperen tiempos aun mas difíciles de los que estamos viviendo hoy por hoy. Es fácil desanimarse y perder las esperanzas, la sensación generalizada es que estamos perdiendo todo aquello por lo que se ha luchado durante años, la llamada sociedad del bienestar. Todos nos preguntamos dónde están los principales responsables. Creo que todos hemos contribuido de alguna manera a generar esta situación, hemos vivido años de bonanza y nos hemos olvidado de quienes somos y de dónde venimos. Nos acostumbramos a vivir en una constante ilusión, en un sueño en el que todo era posible. Se nos fue la olla. Vale, eso lo acepto. Pero ¿Dónde están ahora los grandes responsables de esta crisis? ¿Donde están los especuladores, los estafadores, los que nos daban las hipotecas basura para comprar viviendas cuyos precios se inflaban sin parar? ¿Dónde esta todo el dinero negro que no paga impuestos, ese dinero con el que no se construyen carreteras, ni se levantan escuelas, ni se modernizan hospitales? ¿Dónde se metieron los grandes economistas que no fueron capaces de advertirnos de los riesgos que corríamos y de lo desastrosas que serian las consecuencias de esta crisis?. Y los políticos, esos superhombres que están más cerca  de los dioses que el resto de los mortales ¿Por qué esconden ahora la cabeza bajo tierra?. 

lunes 3 de octubre de 2011

MIRAR SIN VER.

No hay nada tan desesperante y estúpido como buscar sin saber qué es lo que se está buscando. Soy de naturaleza estúpida, qué le vamos a hacer, y suelo estar bastante desesperado. A pesar de que lo tenemos todo sentimos que no es suficiente, queremos más, siempre más, y damos vueltas y vueltas sin parar buscando cualquier cosa que nos alivie aunque sea por un momento, que calme la angustia, cualquier cosa que haga que la presión en el pecho disminuya, lo que sea con tal de no estallar. Somos como una olla a presión. Siempre tenemos motivos para sentirnos desgraciados y si no los buscamos. La verdadera desgracia es no reconocerse en la imagen que nos devuelve el espejo. De ahí a la locura hay un solo paso. Mirar sin ver.

jueves 8 de septiembre de 2011

TRANSPLANTE.

Se acaba el verano. Ya sé que aún faltan unos cuantos días para que se acabe oficialmente, por decirlo de alguna manera, pero en cuanto a sensaciones se refiere, es como si ya lo hubiera hecho.
Ha sido un verano corto, de mañanas radiantes, tardes grises y, a veces, noches tormentosas. Pasó tan rápido como de costumbre, pero fue diferente. Suelo tener la impresión, cuando acaba el verano, de que me han quedado muchas cosas sin hacer. Pude haber dedicado más tiempo a descansar colgado de una hamaca entre dos palmeras, con un vaso de bebida fresca y escuchando el mar a unos pocos metros, meciéndome con él; en lugar de eso hice todo lo contrario, es decir, no parar ni un solo minuto. Tal vez hay algo que no está bien en una persona cuando ésta se lleva las zapatillas de correr de vacaciones. Debe de haber mil razones por las que debería ir a terapia, sentarme en el diván y soltar una pasta gansa a un tío que está sentado tomando notas y escuchándote; no dudo en ningún momento de que ese profesional puede ser de gran ayuda –siempre y cuando uno se deje ayudar-, pero la verdad es que yo prefiero hacer terapia al aire libre, cambiar el diván por las zapatillas de correr.
El verano agoniza y uno todavía no sabe cómo prepararse para el que será uno de los inviernos más fríos y oscuros de los últimos años. Qué importan Libia y todas las revueltas que se están viviendo en el mundo árabe; que importa si Somalia se está muriendo de hambre; qué importan la crisis, la prima de riesgo, la reforma de la Constitución, las próximas elecciones, los indignados. ¿Es que a alguien le importa todo esto?.
Se acaba el verano, sí; pero hemos descubierto - por casualidad y además en riguroso directo- algo que nos ha dejado horrorizados y completamente desamparados: los dioses también pueden ser víctimas de dolorosos calambres; lo verdaderamente asombroso es que pueden sobrevivir a ellos. Por algo son dioses.
Yo ya me voy preparando para despedir el verano y recibir, apesadumbrado, el largo invierno. Debe molar un montón ser un oso para encerrarte en una cueva e hibernar hasta que el sol vuelva a calentar. Sabios animales.
Tengo sobre la mesa de noche el “Transplante Cósmico”, una de las obras de un proyecto de mi amigo Augusto Metztli. En ella se ve un ovni llevándose un árbol en lugar de un ser humano. Sabios alienígenas. Tiene que molar ser un oso, pero ser un árbol debe ser la leche, sobre todo si aparece un ovni surcando el cielo y te hace ascender a su interior a través de un haz de luz para llevarte a otro planeta.

domingo 14 de agosto de 2011

SI FUERA UN NIÑO.

Ya estoy de vacaciones. Llevo un año entero esperando ansiosamente la llegada de este momento en el que se supone que uno se tiene que sentir liberado de toda carga pues se han dejado a un lado el trabajo, la rutina, el estrés y todo aquello que nos martiriza cada día. Yo he empezado las vacaciones martirizando mis piernas con una dura salida en bicicleta por la montaña, llenando mis pulmones de aire limpio, comiendo  unos cuantos pequeños insectos, escuchando los sonidos de la montaña a primera hora de la mañana, en plena efervescencia, mezclados con mis respiraciones, mis jadeos y los rápidos latidos de mi corazón. He desconectado el despertador, pero me sigo despertando invariablemente a eso de las seis de la mañana; he echado un vistazo al periódico, he revisado mi correo, me he tomado un café y luego me daré una ducha y bajaré comprar el pan como cada domingo. De momento nada ha cambiado. Mañana me subiré en un avión que me llevará a otro país en el que estaré diez días de vacaciones. Intentaré desconectar. Si fuera un niño me llevaría un sueño: ojalá que cuando regrese las guerras, las hambrunas y todo tipo de injusticias hayan desaparecido. Si fuera un niño. 

lunes 25 de julio de 2011

GOLONDRINAS Y MURCIELAGOS.

Me gustan los días interminables del verano. Me gusta sobre todo el amanecer, ese momento siempre desgarrador en que la luz comienza a desplazar a las sombras y yo, aun medio perdido en medio de las brumas del sueño, me dispongo a iniciar otro día de incertidumbres. Pero me gusta también el anochecer, ese momento siempre confuso en que las golondrinas surcan el cielo cada vez más oscuro al mismo tiempo que los murciélagos. Son momentos breves, fugaces, que apenas se pueden saborear. Imprescindibles.

sábado 2 de julio de 2011

CINCO MINUTOS.

Lo peor es la espera. Cuando esa persona querida entra al quirófano tumbada en una camilla con los ojos vidriosos, el suero enganchado a la vena y la mirada perdida bajo la cual asoma el miedo, el tiempo cobra otra dimensión, transcurre de otra manera, hasta parece que el mundo gira más despacio. Todo lo que hasta ese momento tenía sentido deja de pronto de tenerlo. La espera es larga, tensa. Sabemos cómo era esa persona antes de entrar en el quirófano, pero no tenemos ni idea de cómo será al salir. La incertidumbre. Durante esas horas eternas de espera pensamos que todo va a salir bien, que el ser humano al que están abriendo sobre la camilla saldrá adelante y recuperará su calidad de vida; también pensamos lo contrario –en estos casos nuestra imaginación es incapaz de superar la realidad-, supongo que para ir preparándonos para cuando salga el cirujano con malas noticias.

Abrir el Cajón de Despistes hace unos días y echar un vistazo me llevó automáticamente a recordar aquellos días grises, llenos de angustia y preocupación. Al principio había esperanza, siempre la hay en estos casos, pero la brutalidad de la enfermedad enseguida nos hizo perderla. Mi padre dejó de ser mi padre, cada día que pasaba era un martirio para él, la luz de sus ojos se iba apagando poco a poco y entre dolores y delirios su cuerpo iba pareciéndose cada vez más a un cadáver. De ser su hijo pasé a ser “el muchacho ese”. Era doloroso verlo retorcerse en esa cama que se había convertido en una prisión; su estado no iba a experimentar ninguna mejoría, eso ya lo habíamos asumido. Él regresó a su querida Venezuela, a los 28 grados centígrados, a su “marroncito” en la panadería de la esquina, a las carreras de caballos los domingos por la tarde, a su whisky con agua de vez en cuando, a su Chevrolet Malibu del 77, a sus clientes judíos que tanto trabajo le dieron. No valía la pena morir en el frío y húmedo invierno gallego y menos aún hacerlo casi solo –su mujer, decía él, tenía un amante en Los Teques, su hija estaba a miles de kilómetros al otro lado del mundo y su hijo era un fantasma, una sombra desconocida que se proyectaba a menudo en su habitación con olor a muerte-, así que su mente se fue decidida a no volver. Angelito murió un 3 de diciembre, en una mañana de otoño radiante como pocas. Durante los nueve meses que duró su agonía se pasó horas y horas llamando a viva voz a su hermana Virtudes. Tan solo cinco minutos más de vida y ambos hubieran podido mirarse a los ojos, cogerse de la mano y despedirse así, diciéndoselo todo sin palabras.