O Formijillo
sábado 31 de diciembre de 2011
Siempre afloran los recuerdos de aquellos días al otro lado del océano cuando vivía en aquella ciudad caótica e insegura; buenos y malos recuerdos de un tiempo en continuo movimiento, de cambios constantes; una vida a 100 Km/h en la que si girabas la cabeza para ver algo ya había pasado. Hay un recuerdo que siempre vuelve por navidad. Buba y yo tomándonos una cerveza en una calle entre su casa y la mía, un 31 de diciembre, brindando por el nuevo año, deseándonos lo mejor el uno al otro y despidiéndonos con un fuerte abrazo. Cuando se acabó la cerveza y después de unos cuantos cigarrillos, tomamos caminos opuestos, cada uno a su casa y a la cena de fin de año. La esencia de la verdadera amistad estaba en aquella cerveza, había todo un tratado filosófico contenido en esa lata; el tiempo se había ralentizado, el mundo giraba más despacio y el fugaz atardecer de la vibrante ciudad no parecía llegar a su fin. Buba ya no está, hace años que se fue con el corazón roto en pedazos; pero este fin de año, como todos, después de la explosión de la botella de cava y mientras medio mundo se atraganta con las uvas yo viajaré durante unos segundos a aquel lejano momento en una calle de Caracas.
Un abrazo para todos.
Feliz 2012.
viernes 11 de noviembre de 2011
¿DÓNDE?.
lunes 3 de octubre de 2011
MIRAR SIN VER.
jueves 8 de septiembre de 2011
TRANSPLANTE.
Ha sido un verano corto, de mañanas radiantes, tardes grises y, a veces, noches tormentosas. Pasó tan rápido como de costumbre, pero fue diferente. Suelo tener la impresión, cuando acaba el verano, de que me han quedado muchas cosas sin hacer. Pude haber dedicado más tiempo a descansar colgado de una hamaca entre dos palmeras, con un vaso de bebida fresca y escuchando el mar a unos pocos metros, meciéndome con él; en lugar de eso hice todo lo contrario, es decir, no parar ni un solo minuto. Tal vez hay algo que no está bien en una persona cuando ésta se lleva las zapatillas de correr de vacaciones. Debe de haber mil razones por las que debería ir a terapia, sentarme en el diván y soltar una pasta gansa a un tío que está sentado tomando notas y escuchándote; no dudo en ningún momento de que ese profesional puede ser de gran ayuda –siempre y cuando uno se deje ayudar-, pero la verdad es que yo prefiero hacer terapia al aire libre, cambiar el diván por las zapatillas de correr.
El verano agoniza y uno todavía no sabe cómo prepararse para el que será uno de los inviernos más fríos y oscuros de los últimos años. Qué importan Libia y todas las revueltas que se están viviendo en el mundo árabe; que importa si Somalia se está muriendo de hambre; qué importan la crisis, la prima de riesgo, la reforma de la Constitución, las próximas elecciones, los indignados. ¿Es que a alguien le importa todo esto?.
Se acaba el verano, sí; pero hemos descubierto - por casualidad y además en riguroso directo- algo que nos ha dejado horrorizados y completamente desamparados: los dioses también pueden ser víctimas de dolorosos calambres; lo verdaderamente asombroso es que pueden sobrevivir a ellos. Por algo son dioses.
Yo ya me voy preparando para despedir el verano y recibir, apesadumbrado, el largo invierno. Debe molar un montón ser un oso para encerrarte en una cueva e hibernar hasta que el sol vuelva a calentar. Sabios animales.
Tengo sobre la mesa de noche el “Transplante Cósmico”, una de las obras de un proyecto de mi amigo Augusto Metztli. En ella se ve un ovni llevándose un árbol en lugar de un ser humano. Sabios alienígenas. Tiene que molar ser un oso, pero ser un árbol debe ser la leche, sobre todo si aparece un ovni surcando el cielo y te hace ascender a su interior a través de un haz de luz para llevarte a otro planeta.
domingo 14 de agosto de 2011
SI FUERA UN NIÑO.
lunes 25 de julio de 2011
GOLONDRINAS Y MURCIELAGOS.
sábado 2 de julio de 2011
CINCO MINUTOS.
Lo peor es la espera. Cuando esa persona querida entra al quirófano tumbada en una camilla con los ojos vidriosos, el suero enganchado a la vena y la mirada perdida bajo la cual asoma el miedo, el tiempo cobra otra dimensión, transcurre de otra manera, hasta parece que el mundo gira más despacio. Todo lo que hasta ese momento tenía sentido deja de pronto de tenerlo. La espera es larga, tensa. Sabemos cómo era esa persona antes de entrar en el quirófano, pero no tenemos ni idea de cómo será al salir. La incertidumbre. Durante esas horas eternas de espera pensamos que todo va a salir bien, que el ser humano al que están abriendo sobre la camilla saldrá adelante y recuperará su calidad de vida; también pensamos lo contrario –en estos casos nuestra imaginación es incapaz de superar la realidad-, supongo que para ir preparándonos para cuando salga el cirujano con malas noticias.
Abrir el Cajón de Despistes hace unos días y echar un vistazo me llevó automáticamente a recordar aquellos días grises, llenos de angustia y preocupación. Al principio había esperanza, siempre la hay en estos casos, pero la brutalidad de la enfermedad enseguida nos hizo perderla. Mi padre dejó de ser mi padre, cada día que pasaba era un martirio para él, la luz de sus ojos se iba apagando poco a poco y entre dolores y delirios su cuerpo iba pareciéndose cada vez más a un cadáver. De ser su hijo pasé a ser “el muchacho ese”. Era doloroso verlo retorcerse en esa cama que se había convertido en una prisión; su estado no iba a experimentar ninguna mejoría, eso ya lo habíamos asumido. Él regresó a su querida Venezuela, a los 28 grados centígrados, a su “marroncito” en la panadería de la esquina, a las carreras de caballos los domingos por la tarde, a su whisky con agua de vez en cuando, a su Chevrolet Malibu del 77, a sus clientes judíos que tanto trabajo le dieron. No valía la pena morir en el frío y húmedo invierno gallego y menos aún hacerlo casi solo –su mujer, decía él, tenía un amante en Los Teques, su hija estaba a miles de kilómetros al otro lado del mundo y su hijo era un fantasma, una sombra desconocida que se proyectaba a menudo en su habitación con olor a muerte-, así que su mente se fue decidida a no volver. Angelito murió un 3 de diciembre, en una mañana de otoño radiante como pocas. Durante los nueve meses que duró su agonía se pasó horas y horas llamando a viva voz a su hermana Virtudes. Tan solo cinco minutos más de vida y ambos hubieran podido mirarse a los ojos, cogerse de la mano y despedirse así, diciéndoselo todo sin palabras.